Golpeados por la creciente

María Isabel tenía una modesta frutería en el barrio. Hoy, con el agua en el fondo de su casa ha destinado la verdura que le quedaba a una olla popular instalada en la vereda, que asiste a unas cuarenta personas. Luis es un vecino de la zona de Ledesma y Solís y aunque su casa tiene agua adentro, duerme allí para evitar que le roben. Ignacio tiene más de veinte pollos, cuarenta gallinas y casi igual cantidad de cerdos; también tres nietos a cargo y está instalado con todos ellos en una carpa con corral improvisado en el cantero central de la avenida José de San Martín (ex Tropas).
Virginia tiene 24 años y una beba de tres meses y un hijo de tres años. Junto a su esposo es una de las tantas familias que está alojada en el Estadio Cerrado y otra de las que perdió parte de las pertenencias. Catalina cumplió 75 años el día que fue evacuada.
Todos ellos son apenas algunos de los más de dos mil sanduceros que vive en carne propia el drama de la creciente. Todos esperan: que los ayuden, que baje el agua.

Leer el artículo completo que escribí para El Telégrafo

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