Dale pedal

ciclPor Carol Guilleminot

El mayor contratiempo puede a veces convertirse en una oportunidad para ver las cosas de otra manera o, sencillamente, ver lo que no se había visto.

En la ruta, en pleno verano, con un raquítico árbol de tala cerca de una alcantarilla por toda vegetación, intentaba disipar mi contrariedad hasta tanto llegara la grúa. Sin agua en el termo y un paquete de gallitas saladas por toda compañía, simplemente esperaba.

Camiones, autos, camionetas y ómnibus pasaban rápidamente en ese tramo llano del camino ubicado tras una empinada cuesta. Del otro lado del alambrado, vacas.  Enfrente ovejas. Agobiante el calor.

Una  vez me contaron –y pude comprobarlo— que en la costa del golfo de California, una de las zonas de biodiversidad más ricas del planeta, todas las mañanas hay una densa bruma que viene del mar, que acorta la visibilidad y engaña al forastero, haciéndole pensar que ese día no alumbrará el sol. Sin embargo, es raro que llueva y cada mediodía el cielo está despejado y azul.

Lo mismo estaba pasando con mi enojo, gracias al efecto de tranquilidad campera que lo inundaba todo y el verde y más verde que se extendía a lo lejos hundiéndose en el horizonte en engañoso fin.

Fui ahí cuando lo vi. Venía a ritmo lento pero no cansado. Su ropa estaba gastada por el sol pero no era andrajosa. Lentes oscuros. Piel curtida. Sombrero con barbijo, buzo de manga corta y equipo jogging. Ataba una mochila grande, una carpa y  pequeña  olla a una parrilla de la bicicleta. Al llegar junto a mi camioneta, paró.

Hasta me incomodó que lo hiciera. ¿Qué quería? Hace dos horas estaba en la orilla de la ruta y nadie lo había hecho. Pensé que me pediría algo pero no. Me ofreció ayuda y como entendía de mecánica diagnosticó el mal de la camioneta.

Era un trotamundos que había dejado en suspenso una profesión y las comodidades de una ciudad moderna por la carretera. Quería saber de mi país, de esta gente, de esta tierra.

Su sueño había sido siempre salir al mundo en bicicleta. Parecía feliz a pesar del solitario que era y se ufanaba de sobrevivir en su viaje sin depender de tarjetas, sin giros y sin billetera. Cuando llegaba a una ciudad y necesitaba aprovisionarse, trabajaba un poco, un par de días, en lo que fuera. ¡Tipo raro el que me encontró en la carretera!

Aunque uno sabe que existen no es fácil encontrarse con gente dispuesta, sin motivo aparente, a un cambio tan radical en su existencia. Formas variopintas de ver la vida. Vidas que se cruzan y nunca más se encuentran. Destino. Libre albedrío. Sueños. Camino. Principio y final…y todo que gira y gira como calesita, el eje y la cadena de la bicicleta, las agujas del reloj o la ruleta.

Viendo como su figura se achicaba y quedaba atrás hasta perderse en el espejo retrovisor del camión del auxilio mecánico, sentí que ese perfecto desconocido tan distinto a mí me había enfrentado con la parte que uno relega de uno mismo por falta de tiempo, por comodidad, falta de valor o una simple excusa que se inventa. Uno no puede sentarse a ver pasar la existencia, enroscarse en la rutina y posponer todo porque la vida no es eterna. El me ayudó a decidir darle pedal. Eso sí, a mi manera.

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