Paysandú

Marisa, una lección de vida

AVIONPor Carol Guilleminot

María Almanci fue la primera mujer que recibió su brevet como piloto en Paysandú. También la primera en obtener licencia para conducir motocicleta y en ejercer la docencia de Educación Física en nuestra ciudad.  Murió hace algunos años, pero su recuerdo permanece intacto en el corazón de muchos sanduceros.

Marisa, como la llamaban comúnmente sus múltiples conocidos y amigos era una mujer dinámica, vital y de alegría contagiosa. Alguien cuya infancia podría haberla convertido en una mujer amargada o triste, pero por el contrario, las cosas que impactaron su inocencia, le dieron también la fuerza para adaptarse a los más inesperados cambios, la valentía de enfrentar la vida siendo una niña y remediárselas para conseguir comida para su madre enferma, la temeridad para incursionar en actividades que en su juventud estaban reservadas casi exclusivamente para los hombres, la sabiduría para aprovechar su innata inteligencia. Pero especialmente, la humildad para agradecer lo que recibía y la solidaridad para ayudar al necesitado.

La vida de Marisa fue una verdadera novela (no precisamente rosa) y aunque llegó aquí casi sin saber cómo, amó profundamente este país al punto tal que ante su presencia, nadie podía hacer una crítica al Uruguay.

Había nacido en Esmirna (Turquía) en una época muy convulsionada en que griegos y turcos estaban en continua reyerta.  Según documentos expedidos en nuestro país nació el 25 de diciembre de 1917, aunque la Embajada de Grecia en Uruguay dejó constancia de que debido a los conflictos bélicos no puede establecerse la fecha exacta de nacimiento.

En una entrevista publicada en EL TELEGRAFO el 27 de abril de 1979, recordaba así sus primeros años: “También estuve en una localidad situada enfrente de Esmirna, donde se hablaba griego; no recuerdo su nombre, era algo así como Cordelió y, posteriormente, fui adoptada a los dos años de edad por una familia griega en cuya casa se hablaba francés. Recuerdo que cuando me enojaba decía en griego: “me voy con mi nodriza”, por lo que deduzco que antes de la adopción había tenido nodriza”,

Según los documentos que hoy se encuentran en el Museo Histórico Municipal, el 30 de abril de 1920 el matrimonio formado por Constantino Livanoski  y Catalina Almanci solicitaron la adopción de Marisa, que se resolvió favorablemente al otro día, el 1º de mayo 1920.

La niñez de Marisa estuvo signada por la guerra y fue una refugiada. Duante la masacre de Esmirna, provocada por Kemal Pachá, junto a su madre se refugiaron en un convento de las hermanas vicentinas donde solo había porotos como alimento, los cuales hubo que racionar para que alcanzaran durante 20 o 30 días para todos.

“A pesar de que era muy niña no he podido olvidar el espanto de la sangre, los degollados, los masacrados, especialmente a un buen amigo de la familia a cuya casa fuimos ocultándonos y a quien encontré –la casa estaba abandonada– atado al un perchero alto, atado, deshecho y sin cara pues hasta la piel le faltaba. El impacto fue tan brutal que solo veinte años después pude contar este incidente a mi madre. Aún hoy me es imposible mirar una película de guerra”, confesó Marisa en la entrevista antes aludida.

Sin embargo ellas lograron escapar durante una noche muy oscura, con algunos baúles en una barca silenciosa, cuyos remos no producían ningún rumor en el agua. Fueron a Italia y estuvieron un año en Nápoles, en el Hotel de Inmigrantes.

Allí se encontró con una realidad muy diferente a la que escapaban: “Lo primero que me impresionó fue oír cantar, porque de donde veníamos todos lloraban”, dijo una vez Marisa.

Fue en Nápoles que su madre, por primera vez, oyó hablar de Uruguay. Y hacia aquí vinieron. En el viaje Marisa contrajo tifus, pero aún enferma pudo deslumbrarse con el panorama al llegar a Río de Janeiro.

Venían llenas de ilusiones, buscando un futuro mejor y en sus baúles sólo traían algunas alfombras de Esmirna, juegos de cubiertos de plata y algunas otras pocas cosas de valor que habían logrado salvar al escaparse. Entre sus ropas, la madre adoptiva de Marisa traía algunas alhajas, las cuales años después recobrarían otro valor para la entonces niña.

Al llegar a Montevideo se alojaron en el Hotel del Globo, en calle Colón. Luego alquilaron un altillo en una casa modesta. Las alfombras de Esmirna habían desaparecido en la Aduana.

DIAS DIFICILES

En un país extraño comenzar una nueva vida no es fácil para nadie. Menos aún para una mujer y una niña desamparadas y sin recursos. Para colmo de males, a poco de llegar la madre estuvo gravemente enferma.

“Una mañana por consejo de dos chiquillos del barrio que lo hacían siempre, cogí una latita y fui a buscar comida al hospital Maciel. Quisiera saber el nombre de ese cocinero, tan bueno, tan humano. Cuando le conté lo que pasaba y le dije que mamá estaba sumamente débil y no podía tragar las sobras, sacaba alimentos directamente de la olla para mí y a veces me regalaba un huevo o un poco de arroz”, recordó Marisa hondamente emocionada durante la entrevista publicada en 1979.

No obstante, su madre se compuso y como era una mujer culta que hablaba tres idiomas –pero no español–  comenzó a buscar trabajo como dama de compañía. Un día llegó hasta el altillo un sacerdote (que en realidad no era tal) ofreciéndole un puesto de institutriz en una gran mansión. Sin embargo, mientras ellas recorrían las calles en busca de una dirección inexistente hubo quienes le robaron todo lo poco que tenían menos las joyas que su madre siempre llevaba encima. El falso sacerdote, que había ganado su confianza, había pasado el dato.

Al hacer la denuncia, Marisa –que siempre tuvo gran facilidad para aprender idiomas y llegó a hablar correctamente seis–  hizo de intérprete entre su madre y el comisario.

Un diario de la época, que ella conservó por el resto de su vida, comentó el caso “de esta niña que hablaba cinco idiomas menos inglés”.

Al otro día dos damas de la Comisión del Instituto Crandon le ofrecieron una beca para que aprendiera esa lengua: la beca consistía en desayuno, almuerzo, merienda y la enseñanza y el estudio del idioma inglés.

 LA SITUACION MEJORA
Estuvo en el Crandon hasta 1929. En una sociedad llamada Cristóbal Colon le daban tempranito carne, leche y pan que le suministraban gratuitamente. La situación había cambiado y su madre consiguió un puesto de dama de compañía en algunos hogares montevideanos. Por medio de esas damas fue examinadora de francés e italiano en institutos de Enseñanza Secundaria y , algo después, profesora de francés en el Liceo de Fray Bentos, mientras Marisa quedaba como pupila en el Colegio María Auxiliadora.

Años después la jovencita inició estudios en la Comisión Nacional de Educación Física y se recibió de profesora.

Luego ganó un concurso docente que la trajo a Paysandú, donde trabajó en colaboración con el maestro Pagani. Su madre traslado a Paysandú y dictó clases de francés en el Liceo Departamental, existente en la actual Casa de Cultura.

Marisa, en tanto, también se desempeñaba en los liceos del Huerto y Nuestra Señora del Rosario y algunas escuelas. En el Instituto Anglo Uruguayo colaboraba en la atención de los alumnos más pequeños. Vivió en Paysandú entre 1937 y 1942. Un año antes había fallecido su madre de un ataque cardíaco.

LA AVIACION

Marisa se convirtió en una figura ampliamente popular de la sociedad sanducera y aún hoy hay quienes la recuerdan haciendo resonar su motocicleta por las tranquilas calles del Paysandú de entonces.

“Recorría las calles en la primera motocicleta conducida que circuló por aquí conducida por una mujer. Era una moto alemana con cuadro en V y redecilla, que le costó $180 en Casa Bertoni y era la décima motocicleta matriculada en Paysandú”, recuerda Nenina Pizorno de Brum, quien conoció a Marisa en aquellos años y compartió con ella una amistad de toda la vida.

Por aquellos años, Marisa había sido anotada por su madre en un curso de pilotaje. Urbieta Rojas fue su primer instructor y luego el instructor del Aero Club, Enrique Costa Presa le enseñó acrobacia.

Hacía un año que volaba sola pero no le daban el brevet a causa de la guerra: tenía carta de ciudadanía uruguaya pero era extranjera.

El 5 de octubre de 1942, mientras se ejercitaba en looping tuvo un accidente que conmocionó a Paysandú y le costó un año de recuperación.

En la entrevista anteriormente citada, Marisa recordó así aquél momento: “Perdí altura y en pleno tirabuzón distinguí las tejas de la Agronomía. Tenía dos alternativas: o dar pleno régimen o apagar el motor. Esto último fue lo que hice y logré salir del tirabuzón. Fue una caída muy violenta. Lo lamenté siempre por el avión. Yo no perdí el conocimiento pero resulté con siete fracturas en ambas piernas. Fui operada aquí. Solo cuando vi al doctor Langón, que fue quien me operó, perdí tranquila el conocimiento”.

Ese excelente médico que ha dejado tan buenos recuerdos en Paysandú fue quien me dirigió en el curso de Enfermeras Voluntarias, pertenecientes al Batallón de Infantería Nº 8, en cuyo primer grupo,32 aprobaron el examen final”.

Cuando pudo volver a trabajar ya no lo hizo como profesora de Educación Fisica pues había perdido una articulación en el accidente. Fue nombrada profesora para un curso de  niños del Parque Rodó donde trabajó varios años y del ‘50 al ‘58 también atendió la clase jardinera del colegio “José Pedro Varela” de Pocitos. En vacaciones trabajaba con niños en el Country Club de Punta del Este y durante mucho tiempo también dedicó sus horas entreteniendo voluntariamente a los enfermitos del Pereira Rossell y colaboró organizando fiestas infantiles en distintas insituciones.

“Le apasionaban los niños. Jugaba, les dedicaba horas enteras, se divertía con ellos. En sus últimos años, en la casa de salud donde la habían puesto y yo la visitaba seguido, me pedía muñecas patonas, peluches y cosas así.  Yo entonces no me daba cuenta pero después comprendí que disfrutaba de la infancia que nunca tuvo”, dijo Nenina Pizorno de Brum, quien conserva el único juguete que Marisa tuvo en su niñez: una pequeña máquina Singer que todavía hoy cose. Es un modelo en miniatura del año 1900 y fue un regalo que le hizo su padre griego.

Aunque se caso, no tuvo hijos. Según sus propias palabras “solo algo menos de cuatro años” duró su felicidad. No obstante, vivió rodeada de los múltiples afectos que supo ganarse. Aunque vivía en …., visitaba Paysandú por largas temporadas, quedándose en la casa de su madrina de casamiento Eliva Fossatti de Colzada. En el verano, en tandas, recibía a sus amigos sanduceros en su casa de la playa.

Marisa, la divertida mujer multifacética tenía un espíritu indomable y una inmensa capacidad de trabajo. También era una agradecida a la vida. “Disfrutaba plenamente de todo, agradecía por todo, hasta por lo más sencillo. Era desprendida y decía que el dinero es mejor gastarlo en cosas que dan alegría y placer antes que amontonarlo”.

Por eso mismo, empeñó mil veces y luego vendió las joyas de su madre y las que le había regalado su esposo –que era joyero—para costearse sus viajes por el mundo.

A los ochenta años aseguraba que con gusto volvería a pilotear un avión y profesaba un eterno agradecimiento al Uruguay. “Delante de mí  nadie puede hacer una crítica al Uruguay porque este país me dio todo”, decía. Pero esa es solo parte de la verdad, quienes la conocieron saben muy bien que ella, sencillamente, supo ganárselo.

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