Darwin en el Uruguay

darwinEn 1831 Darwin, figura clave de la ciencia moderna que causó gran revuelo tanto a nivel filosófico como religioso con su teoría de la evolucion, recorrió durante cinco años el Pacífico y el Atlántico Sur en el buque “Beagle”.  

La travesía, capitanetada por Fitz Roy, incluyó una prolongada estancia en el Río de la Plata, en Uruguay y Argentina, cuyas observaciones luego reunió en un libro titulado “Viaje de un naturalista alrededor del mundo”, el cual tiene un capítulo de dedicado a nuestro país.

En este viaje el Beagle atracó varias veces en suelo oriental, destacándose una prolongada estadía de 10 semanas en Maldonado durante el invierno de 1833. Durante este periodo de tiempo Darwin realizó excursiones por el departamento llegando hasta la localidad de Aiguá, también recorrió parte de Lavalleja donde visitó la ciudad de Minas. También visitó Montevideo, cruzó el Santa Lucía, Canelones y San José, llegando hasta Mercedes el río Negro.

La estadía del naturalista en esta región fue muy productiva, como él mismo lo revela en su diario: “[los últimos días] los empleé en arreglar y escribir mis notas sobre todos mis tesoros de Maldonado”

Muchas de las ideas fundamentales sobre la teoría de la evolución de Charles Darwin surgirán a partir de esta notable experiencia.

La visión de este país y su gente

El tercer capítulo de “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” concentra lo medular de la vista de Darwin a Uruguay y no sólo se remite a la descripción y caracterización de la flora y fauna, puesto que se encuentran intercaladas narraciones sobre la observación y recolección de ejemplares de diversas especies así como las costumbres de los lugareños, algunas de las cuales llaman poderosamente la atención.

 

El 5 de julio de 1832 el Beagle sale del puerto de Río de Janeiro y el viaje se desarrolla tranquilo, con un mar que ofrecía la visión de estar “surcado por estos animales, y nos ofrecían el espectáculo más extraordinario cuando cientos de ellos avanzaban a saltos, que hacían salir del agua todo su cuerpo”. No obstante, el tiempo empeora al llegar al río de la Plata. “Nos es dado presenciar una magnífica función de fuegos artificiales; naturales: el tope del palo y los extremos de las vergas brillaban con el fuego de San Telmo; casi podíamos distinguir la forma de la veleta, que parecía como si la hubiesen frotado con fósforo. El mar estaba tan luminoso, que los pájaros bobos parecían dejar detrás de sí en su superficie un reguero de luz, y de vez en cuando las profundidades del cielo se iluminaban de pronto al fulgor de un magnífico relámpago”.

Describe también cómo en la desembocadura del río se mezclan lentamente las agua marinas y fluviales “éstas últimas, fangosas y amarillentas, flotan en la superficie del agua salada gracias a su menor peso específico”.

El barco llega a Montevideo y luego a Maldonado, a la que su visión de europeo describe como “una población pequeña, muy miserable y muy tranquila”, construida “como todas las de este país, cruzándose las calles en ángulo recto y con una gran plaza en el centro, cuya extensión hace resaltar aún más el escaso número de habitantes. Apenas hay algo de comercio; las exportaciones se limitan a algunas pieles y algunas cabezas de ganado vivo”.

Reseña algunas carácterísticas geográficas del lugar destacando el carácter de planicie levemente ondulada y las pocas tierras cultivadas en los alrededores de la población. “El paisaje es muy poco interesante: apenas se ve una casa, un cercado o hasta un árbol que lo alegre un poco. Sin embargo, cuando se ha estado metido en un barco algún tiempo, se siente cierto placer en pasearse aun por llanuras de césped cuyos límites no pueden percibirse”, señala.

No obstante, la descripción de la naturaleza que observa en el suelo oriental es más alentadora: “Aparte de eso, si la vista siempre es la misma, muchos objetos particulares tienen suma belleza. La mayor parte de las avecillas poseen brillantes colores; el admirable césped verde, ramoneado muy al rape por las reses, está adornado por pequeñas flores, entre las cuales hay una que se parece a la margarita y os recuerda una antigua amiga. ¿Qué diría una florista al ver llanuras enteras tan completamente cubiertas por la verbena melindres, que aun a gran distancia presentan admirables matices de escarlata?”, se pregunta.

A pesar de la impresión inicial sobre la localidad, sus permanentes excursiones por la zona fueron sumamente fructíferas “Diez semanas permanecí en Maldonado, y durante ese tiempo pude proporcionarme una colección casi completa de los animales mamíferos, aves y reptiles de la comarca”, aclara.

La excursión realizada a Polanco le permite una reflexión sobre “la excesiva baratura de todas las cosas en este país, puedo citar el hecho de que dos hombres queme acompañaban con un rebaño de unos doce caballos de silla, no me costaban más que dos pesos al día” pero también sobre lo peligroso de los caminos en aquellas épocas de inicio de nuestra nacionalidad: “Mis acompañantes llevaban sables y pistolas, precaución que yo creía bastante inútil. Sin embargo, una de las primeras noticias que llegaron a nuestros oídos fue que la víspera habían asesinado a un viajero que venía de Montevideo: habíase encontrado su cadáver en el camino, junto a una cruz puesta en memoria de un homicidio análogo”.

Resultan sumamente interesantes las reflexiones de Darwin sobre los pobladores de la campaña oriental y el extraordinario asombro que a éstos le producen ciertos objetos que lleva consigo, en especial una brújula.

“En todas las casas me piden que enseñe la brújula e indique en un mapa la dirección de diferentes ciudades. Produce la más intensa admiración el que yo, un extranjero, pueda indicar el camino (porque camino y dirección son dos voces sinónimas en este país llano), para dirigirse a tal o cual punto donde jamás estuve. En una casa, una mujer joven y enferma en cama, hace que me rueguen ir a enseñarla la famosa brújula. Si grande es su sorpresa, aún es mayor la mía al ver tanta ignorancia entre gentes dueñas de miles de cabezas de ganado y de estancias de grandísima extensión. Sólo puede explicarse esta ignorancia por la escasez de visitas de forasteros en este remoto rincón”, dice.

Y luego agrega “me preguntan si es la tierra o el sol quien se mueve, si en el norte hace más calor o más frío, dónde está España y otra multitud de cosas por el estilo. Casi todos los habitantes tienen una vaga idea de que Inglaterra, Londres y  América del Norte son tres nombres diferentes de un mismo lugar; los más instruidos saben que Londres y la América del Norte son países separados, aunque muy cerca uno de otro, y que Inglaterra ¡es una gran ciudad que está en Londres!”.

Otro objeto con el que el naturalista causa admiración entre los lugareños son unas cerillas químicas que encendía con los dientes. “No tenía límites el asombro, a la vista de un hombre que producía fuego con los dientes; así es que acostumbraba a reunirse toda la familia para presenciar ese espectáculo. Un día me ofrecieron un peso por una sola cerilla. En el pueblecillo de Las Minas me vieron jabonarme, lo cual dio margen a comentarios sin cuento; uno de los principales negociantes me interrogó con cuidado acerca de esta práctica tan singular; preguntóme también por qué a bordo llevábamos barba, pues había oído decir a nuestro guía que entonces gastábamos barba”.

Todo esto lo hace reflexionar sobre el impacto de su presencia sobre aquellas gentes: “Ciertamente le era yo muy sospechoso”.  No obstante, el poblador de nuestra campaña es un ser hospitalario aunque claro, conviene saber las reglas de esa hospitalidad.

“Cuando un forastero se acerca a una casa, hay que guardar algunas ceremonias de etiqueta. Se pone al paso el caballo, se recita un Ave María, y no es cortés echar pie a tierra antes de que alguien salga de la casa y os diga que os apeéis; la respuesta estereotipada del propietario es: Sin pecado concebida. Se entra en la casa entonces, y se habla de generalidades durante algunos minutos; luego se pide hospitalidad para aquella noche, lo cual se concede siempre, por supuesto. El forastero come con la familia y le dan un aposento, donde hace la cama con las mantas de su recado (o silla de las Pampas)”, dice al relatar su llegada a la casa de don Juan Fuentes, un rico hacendado propietario de numerosas reses y caballos pero que vive en un lugar que el viajero llama “casucha” construida en barro endurecido y con pocos muebles y en la que no hay hortalizas ni pan.

“Es usual en este país pedir hospitalidad por la noche en la primera casa algo acomodada que se encuentra. El asombro causado por la brújula y mis demás baratijas, servíanme hasta cierto punto, pues con esto y las largas historias que contaban los guías acerca de mi costumbre de romper las piedras, mi facultad de distinguir las serpientes venenosas de las que no lo eran, mi pasión por coleccionar insectos, etc., me hallaba en situación de pagarles su hospitalidad”,dice.

 En Minas vuelve a notar la ausencia de jardines en las casas. Allí pasa la noche en una pulpería y la ocasión es propicia para entrar en contacto con un tipo humano totalmente novedoso a sus ojos: el gaucho.

“Gran número de gauchos acuden por la noche a beber alcohólicos y a fumar cigarros. Su aspecto es muy chocante: suelen ser fornidos y guapos, pero llevan impresos en la cara todos los signos del orgullo y de la vida relajada; muchos de ellos gastan bigote y cabellos muy largos, ensortijados por la espalda. Sus vestidos, de colores chillones; sus grandísimas espuelas resonantes, en los talones; sus cuchillos, llevados en el cinto a modo de dagas (de los cuales hacen tan frecuente uso), les dan un aspecto muy diferente de lo que pudiera hacer suponer su nombre de gauchos o simples campesinos. Son en extremo corteses; nunca beben sin pediros que probéis su bebida; pero mientras os hacen un saludo gracioso, puede decirse que están dispuestos a asesinaros si se presenta ocasión”.

Una larga descripción a la utilización del lazo y las boleadoras, así como a la destreza de los gauchos al utilizarlas y la hilaridad que causa en estos su propio intento frustrado: “Divertíame cierta vez en galopar y hacer girar las bola en derredor de mi cabeza, cuando la bola libre chocó accidentalmente con un arbustillo; cesando entonces de pronto el movimiento de revolución, cayó al suelo la bola, rebotó enseguida y fue a enroscarse a una de las patas traseras de mi caballo; escapóseme la otra bola y quedó cogida mi cabalgadura. Afortunadamente era un caballo viejo y experto, pues de otro modo se hubiera puesto a cocear hasta caer de lado. Los gauchos se desternillaron de risa gritando que hasta entonces habían visto coger a toda clase de animales, pero que nunca habían visto a un hombre cogerse él mismo”.

Animales y plantas

Entre las anotaciones sobre geología, animales y vegetales durante sus salidas al interior de nuestro territorio, Darwin cita el mármol, las bandadas avestruces y su mansedumbre, las perdices, los pocos árboles que hay en la Banda Oriental, el cervus campestres, las numerosas especies de roedores (entre ellos el más grande del mundo, el hidrochoerus capibara o cerdo de agua), el tucutuco (Ctenomys brasiliensis, un  roedor con costumbres de topo), así como numerosas especies de aves.

También le llama la atención los montones de piedras que encuentra en Pan de Azúcar y la Sierra de la Animas. “Mi compañero de viaje me asegura que son obra de los indios antiguos. Esos montones se parecen, en pequeño, a los que con tanta frecuencia se encuentran en el país de Gales. El deseo de señalar un acontecimiento cualquiera con un montón de piedras en el punto más alto de las cercanías, parece ser una pasión inherente de la humanidad”, reflexiona.

 

Quién era Charles Darwin

Charles Darwin, nacido hace 200 años, puso al hombre en su lugar al incluirlo en la larga historia de la evolución de las especies, desmintiendo la creencia de una creación divina y fundando la biología moderna, antes de ser recuperado con fines racistas o eugenistas.

El científico inglés, en Sherewsbury, Inglaterra, un 12 de febrero de 1809. Darwin fue el segundo hijo varón del médico Robert Waring Darwin y nieto de Erasmus Darwin, también reconocido médico e importante naturalista. En 1825 ingresó a la Universidad de Edimburgo para estudiar medicina, estudios que abandonó poco tiempo después. A comienzos de 1828 Charles se interesó en la idea de llegar a ser un clérigo rural, ingresando en el Christ’s College de Cambridge para estudiar teología y convertirse en pastor protestante. Se podría decir que el mayor provecho que extrajo de su estadía en Cambridge fueron las clases del botánico y entomólogo John Henslow, quien tiempo después le proporcionaría la oportunidad de embarcarse como naturalista a bordo del navío de la Marina Real Británica “H.M.S. Beagle”.

Pero Darwin, que consagraba cada momento libre a las ciencias naturales, cuestionó las enseñanzas religiosas mucho antes de impugnar la creencia bíblica de la creación

A bordo del Beagle recorrió durante cinco años las costas de América del Sur, las islas Galápagos, Tahití, Nueva Zelanda, Australia, Mauricio y Sudáfrica.

A su regreso, en 1836, publicó el diario de su viaje, que lo dio a conocer. Pero aunque fueron sus observaciones en el “Beagle” que lo llevaron a su teoría de la evolución, pasaron 20 años antes de que escribiera “El origen de las especies”. 

Aquejado por problemas de salud, Darwin decidió casarse con su prima, Emma Wedgwood, en 1939, con quien tuvo diez hijos. 

A su muerte, en 1882, de un colapso cardiaco, Darwin recibió funerales de Estado y fue sepultado en la Abadía de Westminster, cerca de la tumba de ese otro gran científico británico, Isaac Newton. Para ese entonces, sus teorías eran ya aceptadas por una mayoría de la comunidad científica y habiendo recibido

Desde hace 150 años, el pensamiento darwiniano ha sido completado gracias a los aportes de la genética, descripta por vez primera por Gregor Mendel en 1866, pero que Darwin no tuvo nunca en cuenta. La biología evolutiva, eclipsada en los años 1950 por el descubrimiento del ADN y de los procesos físico-químicos en las moléculas, registra un nuevo auge desde hace dos décadas.

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