¿Está enojado el cielo?

Foto CYG

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Su primo había insistido y ella cedió. Ahora sus carcajadas indicaban que le había tomado el gusto a eso de apretar el botón del teclado para hacer que el conejito siguiera su carrera y hasta había evitado algunas veces que se cayera.

 

Sin embargo, el mandato adulto llegó sin concesiones. Había tormenta y la computadora tenía que ser apagada. Marcelo, cuatro años mayor que ella, ya lo sabía y se levantó resignado de la silla. Pero Sarita empezó con sus preguntas justo cuando en el techo de zinc comenzaba a escucharse el inicio de un golpeteo.

Aunque era media tarde el cielo se había vuelto oscuro y amenazante. Ella quedó absorta frente a la ventana, escuchando los ruidos provenientes del cielo y viendo cómo la parte más negra de éste se quebraba en chasquidos luminosos y fugaces.

Dale, vení, agarrá un paraguas, decía Marcelo mientras corría de un lado para otro cubriéndose la cabeza con un diario y entregándole nervioso y apurado el único paraguas que encontró en la casa.

Ella, que no entendía, despegó la nariz del vidrio, miró asombrada su exitación y revuelo y, cuando todo era terrible ruido, sólo atinó a preguntarle: –¿Está enojado el cielo?

El abuelo, que parecía absorto en la lectura y en realidad no lo estaba tanto pensó en la seriedad de la pregunta y no contestó. Juntos miraron de la ventana como Marcelo corría de un lado para otro del patio, tratando de guarecerse bajo la malla sombra y a la vez, arriesgándose a salir un poco para tomar del suelo las piedritas blancas que se desplomaban desde el cielo.

Era una granizada como no se veía hace un buen tiempo. Marcelo volvió mojado, masticando hielo y buscando con urgencia un sitio para despojarse de la helada carga que quemaba sus manitos…estaba contento.

Hoy en día y en otro contexto, la mayoría de nosotros no tomaríamos en serio esa pregunta porque sabemos que el granizo es un fenómeno natural. Sin embargo, hace miles de años, como para Sarita ese domingo, ésta era una pregunta seria. Como ella, aquellos seres primitivos habrían pensado que se trataba de un fenómeno mágico.

La rueda de los tiempos, que corre tanto para el mundo como el hombre aunque a velocidades diversas, se encargaría de develar misterios y explicar la magia en la medida que la imaginación humana comenzó a desarrollar la ciencia.

Todo esto cruzó por la mente del abuelo cuando se dispuso a contestar la pregunta de la nena. Porque ella, que se había animado a probar una piedrita de granizo, seguía esperando su respuesta. Y él, como no quiso faltar a la verdad sin romper la magia, le explicó por qué de vez en cuando nos apedrea el cielo.

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