Historias de árboles

Una ciudad sin árboles es como una casa sin muebles. Asfalto, cemento y luces no son suficientes para satisfacer la compleja criatura que es el ser humano; como tampoco es suficiente alimento, salud y hasta a veces el cariño para un corazón estrujado.

Las grandes ciudades, en las que uno debe estirar el cuello para ver un rectángulo celeste y luminoso allá en lo alto me han hecho sentir como un individuo desvalido en el gran hormiguero planetario. Por el contrario, caminar por cualquier avenida con árboles, cruzar un parque o una plaza produce la agradable sensación de tener espacio, la libertad de elegir caminar por la sombra o el sol, llenarse la vista en forma agradable o parar un momento par recuperar fuerzas si se está cansado.

La relación del ser humano con el árbol es ancestral y seguramente desde que el mundo es mundo el hombre buscó su sombra, su protección, sus frutos, su leña, lo plantó y cortó, lo llevó a su casa, le dio significados y lo incluyó en sus relatos.

Sus raíces, tronco y ramas –o el conjunto todo—han sido utilizados para simbolizaciones diversas, como representación de la sabiduría, la vida, e incluso el entramado del parentesco como forma de visualizar la red de nexos generacionales y preservar el conocimiento y la memoria familiar, puesto que es imposible mirar un árbol genealógico y no preguntar por las personas a las que corresponden esos nombres, quiénes fueron y qué hacían.

De la misma manera, los árboles de una ciudad tienen historia y quién sabe qué historias contarían si mágicamente adquirieran, aunque sea por un rato, la facultad del habla.

Los árboles de las plazas contarían historias de niños que han visto crecer, de viejos alegres y tristes, de soledades, encuentros, y de enamorados. Los árboles emblemáticos, aquellos que por sí solos forman parte de la identidad de un barrio o una ciudad, podrían contar mucho sobre nosotros mismos, de los tiempos idos y presentes, de cuánto o cuán poco hemos cambiado.

Aquí en Paysandú hay árboles para todos los gustos aunque a veces se nos pasen desapercibidos. Quizá por eso, de vez en cuando nos envían señales en forma de flores o frutos vistosos, ofrecen espectáculos de bandadas de pájaros que buscan su abrigo en las tardecitas, nidos que los niños descubren encantados, y hasta tapices de hojas amarillas que crujen bajo nuestros pies diciéndonos que somos parte de todo esto, que aquí estamos y que como no se sabe nunca cuán corto o extenso es el camino, no olvidemos disfrutarlo.

Por Carol Guilleminot, publicado originalmente en la revista Quinto Día.

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