Educación y Cultura, Paysandú, Portada

El regreso del caminante

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Su amor ha sido siempre la música y su sendero el mundo. El acento delata una residencia de décadas en España –lugar desde el cual su obra ha ganado reconocimiento internacional– pero se ilusiona con el regreso a Paysandú, donde prepara la instalación de su cuarto Museo de Música.

 La cita era a las cinco en el Museo Histórico Municipal, lugar que próximamente albergará parte de la colección de instrumentos musicales étnicos que ha reunido casi sin proponérselo y hoy conforman la más importante de sus características en el planeta. Allí lo encontramos trabajando junto a un grupo de arquitectos locales en el diseño de lo que será el futuro Museo de la Música de Paysandú. Sin embargo, él –que ya había visto visitar el río—necesitaba completar su ritual para sentirse plenamente en su tierra. Así fue que después de una búsqueda por un par de comercios de la zona, finalmente surgió la entrevista que dio lugar a esta nota, amenizada con sendos vasos de malta.

“Si no voy aunque sea una vez al río y me tomo una malta, no termino de sentir que estoy en Paysandú”, explicó. Es como si los miles y miles de kilómetros que ha recorrido su alma de caminante en los últimos 40 años, necesitara –como sosiego—de vez en cuando sentirse en casa. Quizá por eso durante los últimos veinte años ha intentado una y otra vez la meta de obsequiar parte de su obra a su lugar de origen.

 Carlos Blanco Fadol es hoy una figura conocida en al ambiente cultural español y europeo. Dirige dos importantes museos –el de Murcia y el de Barranda–, considerados la “reserva de la música étnica del mundo” y actualmente prepara la apertura de un tercero en la ciudad española de Hellín. Su agenda está repleta de actividades y cada mes rechaza, por falta de tiempo, varias invitaciones para brindar conferencias en distintos lugares del mundo.

Una embestida contra el olvido

Aunque se lo han ofrecido, no ha querido establecer sus museos en las grandes capitales y le alarma la velocidad con que el mundo está perdiendo su conexión con las raíces: la memoria musical, el relato oral, las tradiciones. Podría decirse que su obra es, ni más ni menos, una embestida contra el olvido.

Al preguntarle si ha cambiado la relación ancestral del hombre con la música, contesta: “Si fuera a un restaurante de China, Francia, Congo, Venezuela o Singapur y todos me dan el mismo plato, indudablemente notaría que la economía se ha deteriorado y empobrecido. Eso está pasando cuando uno enciende una radio”.

“Me pone muy triste. Estamos en un proceso de deterioro impresionante. Los instrumentos musicales están desapareciendo a una velocidad alarmante. En la actualidad, el 70% de los más de 3.000 instrumentos de mi colección están extinguidos”.

carlos-salamuseosAsegura, no obstante que jamás fue un visionario sino que su colección se fue formando espontáneamente.

“En Europa intentan mostrarme como una persona con una visión increíble y yo jamás imaginé una obra propia, mucho menos que ésta tuviera la dimensión que hoy está teniendo. Yo soy un caminante, hice las investigaciones que me interesaban y comencé a guardar los instrumentos que me regalaban. Lo hice siempre solamente porque me gusta…a veces me pregunto si he sido yo realmente quien ha hecho todo esto”. “He ido reuniendo los instrumentos por casualidad. No sabía que tenía un museo hasta que alguien fue a mi casa, lo vio y me lo dijo. Es verdad que ya no tenía lugar para recibir visitas y tenía todos los cuartos llenos de instrumentos y cada vez que me acostaba los vecinos los sabían porque al lado de la cama tenía un instrumento del sureste asiático que debía correr y él sonaba cuando quería acostarme… sin embargo, no había tomado conciencia que con todo eso podía hacer un museo. El único mueble de mi casa era la cama, hasta el baño estaba lleno de instrumento y a la cocina no se podía entrar”, recordó.

Agregó que en este periplo musical y vital, ha habido gente que lo ha ayudado mucho, en contraposición con la indiferencia que hasta el momento había generado su obra en Uruguay, donde es muchísimo menos conocida que en Europa.

No obstante, dijo que ahora la situación ha cambiado y que Ricardo González Arena, nuevo embajador de Uruguay en España, “un hombre joven, sensible, inteligente que dejó la antigua soberbia abandonada en un rincón” está dando muestras de otra apertura e incluso le pidió disculpas porque “haya sido la embajada de Indonesia y no la de Uruguay, la que presentó mi candidatura a los premios Príncipe de Asturias”.

 “Mi gran mecenas ha sido el embajador de Indonesia. Llegó un momento que me sentí mucho más indonesio que uruguayo”, dice al señalar la sencillez y apertura de ese pueblo asiático. Respecto a cómo surge la relación con dicho país, dijo que hace 27 años pidió una audiencia en la embajada de Indonesia porque quería viajar allí por ser uno de los países del mundo que tiene más instrumentos musicales. “El embajador me invitó a comer, me preguntó por mi trabajo y me ofreció unos instrumentos muy antiguos que estaban en la Embajada y habían sido traídos para la Exposición de Bruselas en 1920 y habían quedado en España. Me preguntó si me interesaban y te imaginarás que yo quedé como flotando en el aire. Ese empujón fue fundamental”, comentó.

Tras las raíces musicales del mundo

fadol1Viajero impertinente, nada lo ha detenido en sus pesquisas musicales, ni las guerras, ni la malaria ni lo inhóspito o altamente riesgoso del territorio como el que acaba de recorrer en la selva amazónica peruana para devolver a la tribu yagua un instrumento que perdido en su cultura.

“Allí se está llevando a cabo una destrucción muy grande. Les están destruyendo la selva de una manera horrible porque cortan troncos de tres metros de diámetro, los atan y transportan río abajo a los aserraderos. No puedo quedarme callado e irme a dormir tranquilo. Las tribus que viven allí no pueden hacer nada, no tienen voz ni voto, no tienen identidad, no son nadie…si muere o matan a uno no pasa nada porque no existen ¿quién va a ir ahí a investigar?…están muy mal. Tienen una gran tristeza. Por eso, luego que les enseñé a construir ese instrumento que habían perdido, para despedirme, empezaron a tocar con devoción y creí que me daba un ataque. Nunca me había pasado llegar a un lugar y devolver algo que la gente ya creía perdido y muy pocos se acordaban …Es como si aquí se devuelva el tamboril para tocar candombe”.

No para nunca

Sabe que esos instrumentos constituyen un patrimonio cultural que se va extinguiendo ante su creciente desuso en todas las culturas. Por eso, Carlos Blanco Fadol, el coleccionista de las raíces musicales del mundo, no para nunca.

Piensa que ese hacer constante es parte de la herencia que le dejaron sus padres.”Creo que de la honradez, tesón y nobleza de mi padre y la magia de mi madre –que fue una mujer con un carisma y encanto impresionantes—, algo tengo yo y esa es una herencia que llevaré siempre y me ha ayudado muchísimo”.

“Hay gente que me dice: ¡qué maravilla de vida! pero en realidad ha sido muy duro. Nunca me he podido adaptar. Nunca, aunque trato de no pensar mucho en eso”, dice.

Sin embargo –y a pesar de su incesante actividad y numerosas ocupaciones—no puede mantenerse ajeno a lo que pasa en Uruguay y, en particular, en Paysandú. “Me levanto a la mañana y antes que en Paysandú se enteren de lo que ha pasado en Paysandú yo ya lo sé porque leo EL TELEGRAFO todos los días del año antes que se levante la gente acá. Me ha pasado de llamar a mi hermano o alguien que está en Uruguay y comentar algo y no lo saben”. “Me interesa lo que pasa en el país pero tampoco puedo opinar mucho porque cuando llego veo las cosas de manera muy subjetiva. No obstante, y lo digo con franqueza, he visto a Uruguay mejor que otras veces. He visto menos gente pidiendo y menos miseria en Montevideo…Los caminantes tenemos una antena que nos dice cuándo un lugar es peligroso y nos permite captar la esencia de cada lugar. Yo lo veo bien a Uruguay”. “No me llevo bien con la fama”

Si bien aquel muchacho que se fue de Paysandú hace ya mucho tiempo con una guitarra y una mochila al hombro pensó en recorrer Brasil y quizá Bolivia, jamás imaginó su periplo por el mundo y, luego, el éxito que lo corona hoy en España.

 Asegura que allá lo quieren “muchísimo” pero que no se lleva bien con la fama. “Vivo donde está uno de mis museos, en un pueblo pequeño de Caravaca, la meca del folclore en España. No puedo ir a comer a ningún restaurante o a comprar pescado porque me invitan en todos lados y yo quiero pagar. Ya no puedo andar de poncho y alpargatas como andaba antes porque no quiero parecer un excéntrico”. La tarea de gestión de dos museos a veces lo ahoga un poco y es consciente que debe delegar.

Cree que está llegando el tiempo de dedicarse nuevamente con mayor ahínco a la investigación y a otras cosas. Estas últimas incluyen, quizá un nuevo rumbo para su propia vida. Entre lo primero figura un nuevo viaje a la India y la difusión de su obra a través de la filmación de un documental actualmente en desarrollo y que se distribuirá mundialmente por Nathional Geographic.

Entre lo segundo, está la posibilidad de pasar más tiempo en Paysandú, ciudad donde –dijo—quiere que “blanqueen” sus huesos. Al preguntarle qué es lo que ha aprendido en sus andanzas por el mundo, dijo que el resumen de las enseñanzas del camino “está en los 500 pensamientos poéticos que he escrito y están en un libro que publicaré próximamente y se llama “Reflexiones a orillas del camino”. “El camino enseña mucho, es una gran universidad. Te enseña a ‘desaprender’ una cantidad de cosas superfluas que no sirven para nada. El ser humano cae a veces en una telaraña y cuando más se mueve y quiere hacer cosas más se enreda. Eso le está pasando al hombre actual. La vida es ahora”.

 “A veces me pregunto qué es la calidad de vida. Tengo un auto caro y una finca muy buena y ¿qué? A mí eso no me está haciendo eso feliz. Era mucho más feliz cuando iba por el mundo con una guitarra, despreocupado. Por eso, tengo la intención de ceder toda mi obra a una fundación y dedicarme un poco a otras cosas”.

Respecto a la anunciada apertura de un Museo de la Música en Paysandú, que aloje parte de su colección, dijo que si se concreta, el éxito del mismo está garantizado y que contará con la última tecnología en la materia.

La apertura de dicho museo significará también la posibilidad del regreso de Carlos Blanco Fadol a su ciudad natal, donde piensa pasar por lo menos, la mitad del año.

Por Carol Guilleminot Coello, originalmente publicado en la revista Quinto Día.

¿Quién es Carlos Blanco Fadol?

  • Multiinstrumentista y luthier, Carlos Blanco Fadol es también etnomusicólogo y ha inventado más de 100 nuevos instrumentos musicales y creado bandas sonoras para cine, especialmente documentales.
  • carlos-blanco-fadol_Es cantautor, compositor y ejecutante de una gran variedad de instrumentos musicales (cuerda, viento y percusión), defensor de las colectividades indígenas amenazadas y de los huérfanos del mundo. Recientemente ha publicado la Enciclopedia de Instrumentos Etnicos del Mundo, que reúne investigaciones realizadas en los cinco continentes en los últimos 40 años, además de teorías sobre organología y trabajos inéditos que ayudarán a aclarar temas referidos a la música y a la relación de las culturas con los instrumentos. Nacido en Paysandú, este uruguayo nacionalizado español toca más de 50 instrumentos, vive en España y ha sido dos veces candidato a los premios Príncipe de Asturias, en las categorías Arte y Concordia. Su colección de instrumentos de música étnica tiene un fondo de 3.500 instrumentos, provenientes de 145 países del mundo, valorado en unos 9 millones de euros.
  •  Su próximo proyecto es reunir a 1.000 jóvenes palestinos e israelíes para tocar juntos el “Himno a la Alegría” con instrumentos especiales del sudeste asiático que pueden ser ejecutados por cualquier persona sin necesidad de saber de música, siguiendo una partitura numérica. Llevar a cabo tal empresa en una de las zonas más convulsionadas y sufrientes del mundo, no será sencillo. Sin embargo, está decidido a intentarlo por aquello de que “la música nace en el instante justo del fracaso de la palabra”.
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