¿Seguirá habiendo libros?

gafas_webCada vez  leo más de todo y menos de lo que quiero. Lo he escuchado muchas veces y pasa más frecuentemente de lo que uno quisiera para sí mismo.  La discusión de si se lee más o menos que antes encontrará siempre argumentos que inclinen la balanza hacia uno u otro lado. Y habría que ver también a qué nos referimos con la palabra leer en ese caso.

Como pasa entre el ver y el mirar, también existe una diferencia sutil a la hora de leer. Si interpretamos el acto de la lectura como mera decodificación de signos, buena parte de nuestra vida nos la pasamos leyendo. Leemos los carteles de la calle, el ticket del supermercado, las ofertas de los comercios, el diario, quizás algún correo electrónico o una carta –seguro que cada vez menos–, la esquelita que nos dejan en la heladera, el subtitulado de las películas, los mensajes de texto y todo lo que se puede leer en Internet, en las propagandas de la televisión y las que tiran por el zagúan.

Desde ese punto de vista quizá nunca antes el mundo tuvo tantas cosas y soportes para leer. Por eso, cuando escucho decir que hoy no se lee me cuesta creerlo. Pienso que se lee mucho más que antes, aunque de otra forma, otras cosas y en otros soportes de los que existían para leer hace 15 o 20 años atrás.

Sin embargo, difícilmente nos estemos refiriendo a la mayoría de las cosas ennumeradas anteriormente cuando hablamos de leer.

Cuando decimos “hace tiempo que no leo” o “no que me queda tiempo para leer” queremos significar otra cosa. Hablamos generalmente del acto de la lectura como placer. Y ésta puede ser placentera de muchas formas.

Para algunos leer es dedicarse un tiempo para uno mismo y dejarse llevar por el hilo de una buena historia. Para otros, puede ser informarse acabadamente de un tema de su interés o enterarse de cabo a rabo de la vida amorosa de algún famoso en una revista.

En otros casos, la lectura significa compartir. Comparte el maestro que lee a sus alumnos y las madres, los padres y los abuelos que aún leen un cuento por las noches a sus hijos y nietos.

A veces no es sencillo congeniar el cansancio de una extensa jornada laboral, el cocinar de noche para el almuerzo del otro día, las ganas de no hacer nada y hasta el sueño con la posibilidad de tomar un libro y leer la primera página.

Sin embargo, el “¿me leés un libro?” es siempre una frase mágica. Palabras que posponen milanesas y hacen pegotear salsas. Una invitación a divertirse un rato con el abracadabra de una historia, la satisfación de los más chicos al ganarle la batalla a un montón de cosas –necesarias– que nos roban un tiempo que ellos reclaman.

¿Qué si seguirá habiendo libros? Libros habrá siempre porque ellos hacen que siga existiendo la posibilidad de imaginarse lo que cuentan las palabras. Y eso no es tan fácil de hacer ante una pantalla. Es el libro el que mejor puede hacer de la lectura placer y regalo. No se sabe bien cómo pero, entre tapa y contratapa, conserva aún la poción del poder primigenio de su magia.

 

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