Economía y cultura

Economía y cultura son dos campos estrechamente implicados desde siempre, aunque es verdad que esas implicaciones se han hecho mayores y más visibles con la irrupción de las llamadas industrias culturales. ¿Quién podría negar el valor económico de ciertos bienes culturales y su peso en la riqueza de un país o la importancia del desarrollo cultural como factor de bienestar social y de desarrollo económico?

A nivel mundial, en un contexto de globalización de la economía, la comunicación y la cultura, y de transición hacia sociedades de información y de conocimiento, es evidente que el desarrollo sostenido de la industria cultural se perfila como eje privilegiado de articulación.

En todo el mundo la cultura se está convirtiendo en sector estratégico de la competitividad, el empleo, la construcción de consensos, el modo de hacer política, y la circulación de la información y los conocimientos. Y así, mucho ha entrado en el circuito de intercambio global que transforma los límites de la cultura pesada y liviana, la alta y baja cultura, lo ilustrado y lo popular, lo nacional y lo exógeno.

La cultura comunitaria, o lo que es lo mismo, la cultura como expresión viva de un pueblo –la tradición, el folclore, los festivales y las fiestas populares en su más amplia expresión– es algo que convoca no sólo a residentes locales, sino que en muchos casos está siendo utilizada con éxito como atracción turística, con los consecuentes beneficios que esto genera. Por citar un caso, podríamos referirnos a las llamadas en el barrio Sur de Montevideo –que en los últimos carnavales convoca a turistas, fundamentalmente argentinos– o el turismo histórico que propone Colonia.

Paysandú es una ciudad donde existen propuestas culturales de diferente naturaleza ya sean de expresiones artísticas como el teatro, la danza, la música o las artes plásticas, así como otras que destacan por su interés educativo, profesional o histórico. Existe también una adecuada infraestructura para desarrollarlas: salas de cine, teatro, estadios, talleres de arte, espacios públicos, etc. Sin embargo, ocurre que no siempre estas actividades tienen el apoyo institucional, promocional o comunicativo que merecen a pesar que tienen mucho para aportar a la ciudad si estuvieran claramente organizadas en un calendario adecuadamente difundido hacia un público objetivo en cada caso.  No obstante, se avizora la existencia de público interesado en nuevas propuestas, que debería ser explorado como primer paso para avanzar luego hacia la apertura de caminos en el panorama del turismo cultural de la región.

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