Los Nobel 2008, chanchos fluorescentes y partículas subatómicas

Fallaron los Nobel de las ciencias duras y de las otras. Alguien me preguntaba el otro día porqué los trabajos que se premian en los Nobel tienen, a veces, décadas de realizados.

La respuesta, claro está, parece sencilla, los grandes descubrimientos, los grandes aportes (no todos los descubrimientos que se premian son, sin embargo, “grandes”) se desenvuelven a través de largos procesos y en cierto sentido el premiado es el pináculo de un edificio colectivo, alguien que articula aportes de muchos. Sin embargo, nadie sabe qué pasaría con un descubrimiento capaz de dar vuelta el conocimiento que se realice de aquí a fin de año ¿merecería el Nobel el año que viene o el comité seguiría, como es su costumbre, dejando decantar sus consecuencias hasta que el tiempo demuestre la altura del hallazgo?

Hay otra cuestión, entre las muchas que surgen del premio que tiene más éxito mediático (y no poco dinero) en juego, algo que suele rondar la perspectiva de nosotros, los ciudadanos de a pie. ¿Qué tan relevante es un descubrimiento y con qué se coteja para considerarlo tal?

Nadie duda de la idoneidad académica del comité, pero la mayoría de nosotros estamos totalmente incapacitados para juzgar la pertinencia del lauro (quizás apenas un puñado de científicos lo están). La investigación científica está allá arriba, en la estratósfera, el lenguaje académico la viene alejando desde hace décadas cada vez más del común de los mortales y esa brecha no se va a achicar porque las instituciones educativas o quien sea alfabeticen a las masas (cuando terminen de alfabetizar una generación, el conocimiento se habrá duplicado o triplicado). Una última cuestión para reflexionar (hay otras, desde luego) es esta curiosa (por llamarlo de algún modo, otros quizás podrían sugerir patética) fruición comercial de desarrollar juguetes sofisticados en base al conocimiento e insertarlos rápidamente en el mercado. Para no hablar de las cuestiones éticas que implican.

La identificación de una proteína fluorescente verde, responsable del brillo de algunas medusas en el agua, permitió hacer visibles procesos celulares antes desconocidos, tales como el desarrollo neuronal o la propagación del cáncer, entre otros. También hizo posible que se fabricaran chanchos fluorescentes, por ejemplo (es verdad). Para mucha gente eso es y será lo tangible de este esfuerzo cognoscitivo que ha permitido avances sustanciales en la Biología. Ni siquiera sabrán lo que costó.

El Nobel de Química 2008 fue compartido entre el japonés Osamu Shimomura y los estadounidenses Martin Chalfie y Roger Tsien, responsables del hallazgo que el comité del nobel compara (nada menos) que con la invención del microscopio en el siglo XVII, tal parece ser su importancia. Shimomura, profesor de la Universidad de Nagoya, se abocó a estudiar qué hacía brillar en el agua a un pequeño molusco conocido como Cypridina.

Concluyó que se trataba de una proteína, y obtuvo una invitación para trabajar en los Estados Unidos, en la Universidad de Princeton. Allí continuó la línea de investigación con otra forma de bioluminiscencia, la medusa Aequorea victoria y en 1962 aisló la proteína y la bautizó aequorina, al tiempo de identificar otra emisora de luz verdosa, la GFP. Chalfie, en Columbia, utilizó la proteína como marcador biológico y Tsin hizo brillar las proteínas de colores distintos al verde, lo que permitió rastrear procesos biológicos diferentes.

Los chanchos fluorescentes los desarrollaron en oriente y se venden como mascotas en Taiwan. No son radioactivos, claro y nada tienen que ver con la condición de fluorescencia que a veces adquiere Homero Simpson.

El estadounidense de origen japonés Yoichiro Nambu y los japoneses Makoto Kobayashi y Toshihide Maskawa se alzaron con el galardón de Física, que siguió premiando la búsqueda de partículas en la que está empeñada la Física contemporánea. Según el comité, Nambu fue premiado por el descubrimiento del mecanismo de ruptura espontánea de simetría en la física de partículas y Kobayashi y Maskawa por el descubrimiento del origen de la ruptura de simetría que predice la existencia de al menos tres familias de quarks en la naturaleza. Pero Nambu recibió la mitad del premio y los otros compartieron la otra mitad.

Nambu, nacionalizado estadounidense, tiene 87 años y se formó en Tokio, pero actualmente es profesor emérito en Chicago, en el famoso Enrico Fermi Institute, institución íntimamente ligada a este tipo de investigación. Ya había obtenido numerosos premios anteriormente y se le considera una de las figuras precursoras en el estudio de lo que hoy se conoce como modelo estándar del universo.

Kobayashi tiene 64 años y proviene de Nagoya y en esa universidad desarrolló, junto con Maskawa, la teoría sobre las asimetrías de la física de las partículas. El modelo estándar del universo unifica bajo una sola teoría los fragmentos más pequeños de la materia y tres de las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza.

Fuente: Dicyt

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