El hombre que quería leer

Hace cinco días, Ramón, mi abuelo, a los 99 años se sometió a una cirugía a la vista porque las cataratas ya casi no lo dejaban ver. Dueño de una letra con ribetes, como las que ya no se ven, fue siempre un gran lector.

En su biblioteca fue que le terminé de tomar el gusto a la lectura y aún recuerdo aquél verano caluroso en que me animé a hincarle no el diente sino los ojos a mi primer voluminoso libro, uno de los títulos más famosos de Julio Verne.

Lo leí casi de un tirón en poco más de dos días. Después vinieron muchos, luego entendí que lo mío iba a tener que ver siempre con las letras y me hice estudiante de literatura y periodista (aún soy ambas cosas). Pero no era esto sobre lo que quería escribir.

Entre otras cosas, don Ramón asumió los riesgos de su corazón y avanzada edad y resolvió operarse de la vista porque, fundamentalmente, ya no podía casi leer.

Lee el diario todos los días pero ya no podía casi otra cosa. En mayo le regalé un libro de grandes letras y desde entonces lo he visto entre sus papeles sin abrir. Me dijo que ya no podía.

Coincidentemente, tuve que entrevistar el lunes a un profesor ciego, el “profe Carlos”, que enseña a otros docentes (que ven) el uso de programas informáticos para trabajar con alumnos no videntes. Instruye sobre cómo usar las computadoras como “puente digital” para poder informarse y comunicarse por Internet y  hasta diseñar y editar a través de comandos de voz.

La suya es una historia más que interesante –que su publicará el domingo en un suplemento del diario de mi ciudad– porque quedó ciego hace siete años por una degeneración macular y ha encontrado la forma de transformar esa experiencia negativa en algo últil a los demás. Es también un testimonio ejemplar, sobre cómo algunas personas encuentran en sí mismas la energía necesaria para enfrentar y superar la adversidad.

Según afirma, el profe Carlos, lo peor fue, de un día para otro, no poder leer ni escribir.

Aunque les tuve que poner lentes porque ya no ven bien de lejos, no había pensado en mis ojos, que son no sólo  instrumento de trabajo sino también el medio para ver la sonrisa de mi hijo,  los ojitos pícaros de Manuel, el movimiento de las manos de Fede cuando trabaja o dibuja, los picaflores que visitan en primavera el patio, la cabeza blanca de mi padre y la pupila celeste de Ramón.  Me resisto pensar en perderlos…

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