Cosas de niños

No hacía mucho que habíamos terminado de comer y sentía esa modorra que viene cuando uno ha quedado satisfecho de un almuerzo dominguero disfrutado en buena compañía. Con la ropa de lana tibia por el sol y, entrecerrado los ojos, trataba simplemente de disfrutar el momento.

Ellos en cambio, no podían quedarse quietos. No sabía exactamente qué hacían pero no necesitaba abrir los ojos: se divertían intentando sacarme de mi “estado vegetal” –como les oí decir– enviándome directo a la cara, y desde una distancia que cada vez se fue acortando más, frescas pompas de jabón.

Oía la risa nerviosa de ella y cómo él cuchicheaba algo en su oído. Los dejé hacer y organizaron su embestida de burbujas. A babor y estribor, soplaron esta vez hasta quedar sin aire. Sin embargo, hasta la mejor estrategia puede encontrar contratiempos porque quiso el destino que el viento estuviera a mi favor.

Cuando los intuí vencidos, me desperté y ella gritó: ¡mirá, dejó de invernar! Sus mágicas palabras me transformaron en osa. Gruñí, acomodé mi pelaje, me puse los lentes y me dispuse a atacar. Corrieron intentando no ser atrapados pero su risa nerviosa revelaba la ambivalencia de tomarse en serio el asunto y sentirse perseguidos y el disfrute de jugar por placer.

Son éstos los momentos en que uno gratamente renuncia a ser adulto y encuentra en algún recodo de su ser la risa fresca de los cino años y los barquitos de papel y, en otro,  las pompas de jabón que llevaban dentro la creencia de que todo el mundo viviría para siempre…

Me cansaron y conscientes de su superioridad física y numérica –dos niños de 4 y 9 años frente a una pobre madre osa–, atacaron a sus anchas. Recibí en el suelo la prisión de cuatro amorosos brazos, las cosquillas y sus treinta y pico inquietos quilos de peso.

Luego decidimos caminar y terminamos entre los durazneros del huerto, florecidos ellos. Cientos de pequeñas florcitas de cinco pétalos ofreciendo a las abejas el néctar de su pecho. Botoncitos rosados rompiendo en pimpollo sin importarles si agosto es buen momento.

Como los niños, ellos nacen cuando sienten que es tiempo. ¿Soportarán luego la helada? ¿Llegarán a ser flores y luego frutos carnosos como los que cosecha el abuelo? ¿Se sentirán con sus vidas satisfechos? Quién sabe. Por ahora, ellos simplemente han florecido, toman lo que el mundo les ofrece y reciben el cuidado amoroso del jardinero. Y si todo sale bien, sentiremos su sabor dulce en diciembre o en enero.

Texto y fotos de Carol Guilleminot, publicado originalmente en la revista Quinto Día.

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