Paysandú, Portada

En tren de paseo

Si a 100 kilómetros por hora lleva algo más de 30 minutos llegar a Termas de Guaviyú desde Paysandú, hacer el trayecto en tren le quitará dos horas de jornada pero será una gran experiencia.

Cuando todos dábamos por muerto y enterrado el tren de pasajeros, surgió la idea, probada ya hace algunos años, de hacer viajes durante los fines de semana al centro termal sanducero de la ruta 3, algo que con fines turísticos debería instaurarse en lo sucesivo de modo que cualquier sábado o domingo podamos subir a un vagón para revivir nuestros recuerdos –o comenzar a formárnoslos—sobre rieles.

Para aquellos acostumbrados a viajar en auto, cambiar la modalidad del viaje no es sencillo. No se trata de abrir el baúl y cargar todo lo que nos parece que vamos a necesitar, sino que a lo primero que nos obliga es a reducir el equipaje. Y así, más libre de carga, comenzamos a imaginar esta nueva experiencia o a recordar el suave traqueteo del tren, olvidado en algún rincón de nuestros recuerdos.
Es que los viajes, especialmente los que se hacen en tren de paseo (¡nunca más exacta la expresión!) siempre nos llenan de expectativas que, generalmente se relacionan con el lugar de destino y lo que allí haremos. Menos frecuente es que el motivo del viaje sea el viaje mismo. Y ese es el gran mérito que tiene la propuesta reeditada durante los últimos fines de semana por AFE y la Intendencia Municipal de Paysandú: hacernos recordar o conocer lo que es un viaje en tren, un medio de transporte que las nuestras últimas generaciones jamás usaron.

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Llegar a la vieja estación y encontrarnos con una locomotora encendida y vagones esperándonos mientras terminamos de despabilarnos, ver a un puñado de funcionarios ferroviarios con una sonrisa y un saludo a flor de labios y el ‘¡dale mamá que se va el tren!’ de un chico de cinco años acostumbrado a que los autos y ómnibus suelen encenderse después que hemos subido, pautaban la tónica de lo que sería un viaje distinto en la fresca mañana dominguera mientras, tímidos todavía, los rayos del sol auguraban un día espectacular. Y de a poco, entre mates y saludos, comenzó a llenarse el vagón. Muchos compraron el diario a un jovencito que oportunamente llegó hasta la estación en bicicleta y entregó ejemplares y recibió el pago a través de las ventanillas del tren.
Lentes, sombreros, chinelas, zapatillas, cámaras de fotos y materas eran los accesorios más comunes entre los pasajeros. Y al igual que el día, el tren comenzó a ponerse lentamente en movimiento. Recorrió algunos barrios del Noroeste y desde el interior era posible observar cómo todos quienes lo veían cruzar se quedaban mirando. ¡Un tren de pasajeros!
Luego de cruzar el puente seco de Avenida de Las Américas el paisaje se hizo diferente: naranjales, viñedos, trigales, mucho campo, vacas, bañados y arroyitos conformaban un paisaje similar pero a la vez distinto del que habitualmente vemos camino a las termas.
Al cruzar el puente ferroviario sobre el Arroyo San Francisco varios echaron mano a las cámaras…’¡Ya vas a ver lo que es el Queguay!’, dijo alguien mientras una vocecita infantil preguntaba si el tren se podía caer del puente.
Al tomar la curva parecía impensable no levantarse del asiento para ver desde la ventanilla de enfrente cómo se veía el puente sobre el río desde lejos y menos aún dejar la cámara de fotos en la funda.Unos minutos después el tren se detenía en la Estación Queguay, impecablemente pintada y enjardinada.
tren2_webMate en mano y termo bajo el brazo, la mayoría de los pasajeros bajaron, no a “estirar las piernas”, puesto que en un asiento de tren hay el suficiente espacio al igual que en su pasillo, sino simplemente para ver cómo era, conversar, sacar fotos y esperar que el encargado de la estación tocara la campanilla que anunciaba nuevamente la partida.
En la hora restante, los diarios comprados pasaron de mano en mano, los niños hicieron mil viajes al baño, alguien durmió un rato más, aparecieron paquetes de galletitas y bizcochos y viejas historias de viajes en tren.“Pensé que los asientos eran más incómodos y se notaba más el movimiento”, comentó un hombre de 30 años que nunca había subido a un tren de pasajeros mientras pasábamos por Quebracho donde estaban comenzando unas criollas en un campo lindero a la vía.
Más adelante, un paisano a caballo detuvo sus tareas de campo para saludar el paso del tren y un perro corrió junto a él durante algunos minutos provocando la risa de los pasajeros de menor edad.
 
Llegada a Termas de Guaviyú

A la vuelta, caras rojas por el sol, niños cansados y chicos y grandes contentos subieron nuevamente al tren mientras un grupo de turistas filmaba la partida como algo anecdótico de su estadía en las termas y otro grupo de personas, que también quedaba allí, saludaba al pasaje y les deseaba suerte.

Adentro, los grupos familiares se acomodaban nuevamente, abrían las ventanillas, tomaban algún refresco y comentaban sobre el viaje. Algunos niños se durmieron. Otros jugaban a las cartas con sus padres u otros chicos. Es que en el tren hay suficiente espacio para hacerlo en el mismo asiento o en el suelo.
tren6_webTambién hay tiempo para otras cosas como conversar, encontrarse con la maestra de jardinera que tuvimos hace más de veinte años, enterarnos que viajaba una señora que había venido de Venezuela a votar y que no eran pocos los pasajeros que tenían familiares que emigraron al exterior, mirar el atardecer y escuchar los rasguños de los exuberantes talas, cañaverales y espinillos en el techo y vidrios del tren.
Inolvidable será para las decenas de niños que hicieron el viaje la llegada a Paysandú, cuando en todo el trayecto ciudadano de la vía empezaron a saludar y ser correspondidos por toda persona que cruzaba el tren: grupos de niños, viejos, jóvenes que jugaban al fútbol, familias mateando, conductores de autos y motos…Alegría, es la palabra para definir a la experiencia de viajar en un tren de paseo.
Porque como nos dijo el maquinista cuando, en Queguay, le pedimos para sacarnos una foto en la locomotora: “rinde más, pero ¿para qué ir a más de 25 kilómetros por hora si estamos de paseo?”. Pues sí, esa es la magia: ver el mundo a 25 kilómetros por hora. Asignarle otro valor al tiempo y a lo que a menudo hacemos con él.
 
Publicada originalmente en la revista Quinto Día
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