Destino Guaviyú

Al llegar, ya casi mediodía de aquella primavera de sol intenso, sentimos que había valido la pena. Algunas lecturas y charlas con personas que nos decían ‘es lindo, tienen que ir’ hicieron que emprendiéramos el recorrido que, en cuestión de algo así como 70 kilómetros desde la ciudad, nos cambió la geografía e hizo saborear ese gustito a aventura que conlleva planificar un viaje -familiar y lo más cómodo posible, en nuestro caso-hasta un sitio desconocido.

Es que Paysandú, como otros lugares del interior del Uruguay posee verdaderos tesoros escondidos que, descuidados durante generaciones enteras, aún siguen allí, esperando ser redescubiertos.

 

Mudo testigo del tiempo, la rinconada natural que conserva las ruinas del Saladero Guaviyú, nos recibió solitaria y en flor. Florecidas estaban las enredaderas, las tunas y algunos árboles autóctonos aunque las pitangas ofrecían no sólo generosa sombra sino también sus deliciosos frutos al paladar recién llegado.

 

Al fondo, las profundas aguas del río Uruguay en el antiguo muelle de piedra, otrora utilizado para embarcar los productos saladeriles con destino de ultramar. Acampamos. El abuelo se dispuso a bajar la parrilla, el asado y la leña.

 

 

El resto, filmadora y cámara en mano, nos fuimos a caminar. Si indescriptible es la sensación de aventura que sienten los niños al adentrarse en las ruinas de gruesos ladrillos, pasar por aberturas de puertas todavía existentes, caminar entre las raíces de añosos árboles, sorprender algún pájaro, huir de un lagarto que aparece a lo lejos, subir hasta el lugar donde aún se elevan las chimeneas del saladero y apreciar desde lo alto la belleza del río Uruguay, faltaría a la verdad si no admito que también los grandes nos sentimos un poco chicos exploradores.Ahora bien, sin la información adecuada , las ruinas del saladero Guaviyú son tan sólo un bonito lugar y un buen sitio para pescar.

 

Sin embargo, quien posea al menos un poco de ese necesario ingrediente y algo de sensibilidad histórica pronto caerá en la cuenta que se respira allí un aura del pasado que evidencia lo que la mano del hombre hizo en el lugar.

 

 

Es que las ruinas del otrora saladero “San Pedro” –también llamado saladero ‘de Piñeyrúa’ por sus primeros dueños o ‘de Guaviyú’, por su ubicación-son el testimonio de la existencia de no sólo una industria de primer orden en lo departamental y nacional en el siglo XIX, sino también de una población numerosa y activa que luego desapareció como por arte de magia.

 

Sin embargo, parte del alma de aquella época aún está vivo en la zona. Lindero al área actualmente habilitada como paseo público está el lugar donde estuvo enclavada la espléndida casa quinta de don Nicanor Amaro, primeramente administrador y luego co-propietario del saladero.

 

 

Se trata de un sitio que hoy no está librado al acceso de los visitantes por tratarse de una propiedad privada en manos de colonos del Instituto Nacional de Colonización. No obstante, en nuestra visita y como algo excepcional estas personas tuvieron la gentileza de permitirnos ingresar y recorrer el lugar.

 

De la casa, que estaba coronada por un mirador y además contaba con un pequeño estanque artificial que surtía de agua a numerosas piletas desde donde se regaba la quinta, hoy nada queda.

 

 

Sin embargo, todavía, como mudos centinelas, se conservan enhiestos entre la maleza y el monte dos grandes pilares que otrora sostuvieron el portón a través del cual se ingresaba al parque, así como “misteriosos” túneles sobre los cuales alguna vez se tejieron numerosas historias pero que no son nada más que los desagües de las aguas pluviales y residuales de la casa.

 

 

Caminar por aquellos lugares puede deparar gratas sorpresas, como encontrar limoneros y naranjos y diversos árboles ornamentales de los que se conservan aún algunas thyas, magnolias, paraísos y jacarandás. Ellos son lo único vivo que queda de aquellos lejanos tiempos. Son la memoria vegetal.

 

 

Aquel atardecer de primavera, a poca distancia de la desembocadura de arroyo Guaviyú en el río Uruguay, caminando entre el monte me encontré en un lugar descampado y sentí de pronto un escalofrío al darme cuenta que estaba en medio de lo que una vez fue una avenida de cipreses.

 

 

No fue difícil imaginar lo que habrá sido la vida allí en aquellos tiempos, las voces, los ruidos, los miedos, desvelos y sueños…Tampoco fue difícil hallar la salida. Tuve la ayuda de un bonito e intenso perfume: cerca del centenario pórtico por el que había ingresado al predio, y en medio de la frondosidad de un monte nativo que avanza inexorablemente como si intentara tapar todo vestigio de huella humana reclamando así al tiempo lo que alguna vez suyo fue, un enorme árbol de magnolias en flor rendía cuentas a su cíclico destino.

Publicada originalmente en la revista Ocio y Cultura.

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