Arco iris, el de Newton y el de Keats

arco-iris1¿Quién no se ha quedado alguna vez –sino varias—en su vida mirando absorto el arcoiris? De niños soñábamos con adivinar dónde termina y qué habría ahí. Leyendas y fábulas se han tejido en torno a este singular y bellísimo espectáculo de la naturaleza.

Según la Biblia apareció en los días de Noé, después del diluvio: “Cada vez que aparezca el arco iris entre las nubes, yo lo veré y me acordaré del pacto que establecí para siempre con todos los seres vivientes que hay sobre la tierra” (Genèsis 9:16).

A lo largo del tiempo, las referencias literarias lo han vinculado a lo maravilloso, a lo mítico y en cierta medida, también en la actualidad su imagen es utilizada en historias fabuladas en las que se apunta a demostrar una verdad moral que, a modo de advertencia o consejo, se sintetiza al final de la narración en una moraleja. Una me llegó el otro día entre tantos mensajes no deseados que nos depara la bandeja de entrada del correo electrónico.

Decía lo siguiente: Los colores riñeron, todos decían ser el mejor. El verde dijo: “Soy símbolo de la vida y esperanza. Cubro el campo y las hojas”. El azul interrumpió: “Tú solo piensas en la tierra, pero también debes pensar en el cielo y el mar. El agua es el fundamento de la vida. El cielo da espacio, paz y serenidad”.

El amarillo dijo: “Ustedes son tan serios; yo traigo risa y alegría. El sol es amarillo; al mirar un girasol todos sonríen, sin mí no habría diversión”. El rojo gritó: “Soy el que gobierna, soy la sangre de la vida. Estoy dispuesto a luchar por la causa, traigo el fuego de la sangre, soy la pasión y el amor”.

El violeta dijo: “Soy de la realeza, el poder. Los reyes, comandantes y obispos siempre me han escogido porque soy el símbolo de autoridad y sabiduría, la gente me escucha y obedece”. Finalmente el añil habló: “Soy el color del silencio, difícilmente me notaré pero sin mí todo sería más superficial. Represento el pensamiento y la reflexión”.

Los colores siguieron alardeando, cuando hubo un destello sorprendente. La lluvia comenzó a caer implacable, los colores se agacharon y con temor se acercaba el uno con el otro para abrigarse.

La lluvia dijo: “Ustedes, colores necios, luchan entre sí cada uno tratando de dominar al resto. ¡No saben que cada uno fue hecho con un propósito especial único y diferente! Tómense de las manos y vengan a mí”. Y continuó: “De ahora en adelante cuando llueva se unirán y cruzaran el cielo formando un gran arco de color como recuerdo de que todos pueden vivir en paz”. Así terminaba el mensaje.

Fue ahí cuando me acordé de aquella vieja querella romántica en torno al arcoiris. Porque sí, hubo poetas que maldijeron a Newton. John Keats era, como dice Abrahams, uno de los enamorados de la poesía a quienes les parecía que el saber de hechos o la ciencia es no sólo lo opuesto sino lo enemigo de la poesía. Y junto a Charles Lamb convinieron en que Newton había destruido toda la poesía del arco iris al reducirlo a los colores del prisma.

Otros poetas, como James Thomson, en su poema “A la memoria de Sir Isaac Newton” declara que el arco iris no es sino más poético ahora que el misterio se ha rendido al intelecto y que Newton “desilachó toda la brillante vestidura del día”.

Más o menos en la misma época pero mucho más lúcido desde la mirada actual, William Wordsworth señalaba en el prefacio de sus “Baladas” que la poesía, teniendo por fundamento la naturaleza emotiva del hombre, incorpora y nada tiene que temer del conocimiento más estrecho de la ciencia. O Samuel Coleridge, que no propone la disyuntiva poesía o ciencia sino la conjuntiva “poesía y ciencia la vez”.

El error de Keats radica en creer que cuando un fenómeno de la percepción es explicado correlacionándolo con algo más elemental que él mismo, la explicación desacredita y reemplaza a la percepción, o lo que es lo mismo, que sólo la explicación es real y la percepción ilusoria.

En estos días, sólo un niño muy pequeño podrá mirar el arcoiris como un “brillante encantamiento” ya que gracias a Newton sabemos qué es. Sin embargo, ese prisma lluvioso no ha dejado nunca de fascinarnos ni ha dejado tampoco de ser objeto de la materia poética. Es que las verdades de la ciencia y la poesía no tienen por qué ser las mismas. Y, después de todo, la naturaleza en sus más puras manifestaciones no ha dejado de mostrarnos a lo largo de los siglos que belleza y verdad pueden, en ocasiones, ir de la mano. Aunque no siempre lo verdadero sea bello ni lo bello verdadero.

Por Carol Guilleminot, publicado originalmente en la revista Quinto Día.

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